miércoles 24 de junio de 2009

Crítica: 'El libro de los ruidos' de Soledad Bravi (prelectores)




El libro de los ruidos,
de Soledad Bravi,
Corimbo, Barcelona, 2009, 3.ª ed.
Cartón ligero (con cubiertas rígidas), 120 páginas de 140 × 140 mm. ISBN 84-8470-232-4.
Traducción de Rafael Ros.

A partir de 6 meses


Por Gonzalo García «Darabuc», escritor

El libro de los ruidos es un volumen cuadrado, de páginas semirrígidas (cartón ligero), con 56 ilustraciones en página derecha acompañadas a la izquierda de un texto breve que presenta su onomatopeya («El asno hace hi ha, hi ha», «El tambor hace ram-pa-ta-plam»). Las ilustraciones de Soledad Bravi son económicas y expresivas, por lo general de grandes trazos negros y colores simples. El texto es tan simple como se ha indicado, pero en ocasiones causa unos pocos efectos humorísticos o de sorpresa («La mosca hace tse-tse», «Las espinacas hacen ecs», «El caracol no hace nada pero mueve sus antenas elegantemente»), hay alguna propuesta de diálogo («El enchufe hace ¡NO!») y quizá alguna ironía («Mamá hace mua mua», pero «El papá hace ssst»; pero esto viene después de que «El bebé hace bua-bua»).

Estamos ante un libro funcional que debe juzgarse por criterios funcionales. A mi modo de ver, el estilo de la ilustración resulta adecuado para los prelectores, siempre dentro de una voluntad expresiva y algo humorística, y la selección de imágenes y temas también resulta adecuada. Es probable que el chiste de las espinacas se pierda al haber optado por dibujar una lata, pero es una broma fácil de adaptar por los adultos a cualquier cosa que disguste especialmente al bebé o el niño. El material parece resistente.



Imagen de las guardas, que recoge las ilustraciones del interior

La traducción de esta clase de libros suele ser deficiente, en ocasiones incluso disparatada. Algunos ni siquiera deberían traducirse porque incluyen un exceso de elementos que no forman parte de nuestra cultura (y acabamos enseñando la C, por ejemplo, con la Crema de Cacahuete) . No se trata de ningún nacionalismo cultural (lo nuestro no resulta esencialmente mejor ni peor que lo ajeno), sino de la siguiente idea de sentido común: para divulgar con eficacia, lo mejor es apoyarse en lo conocido. En el caso de El libro de los ruidos no hay salto cultural, (al menos, en lo que respecta a España) así que el problema anterior no se da.

Lo más frecuente es que, en el uso de estos libros, el mediador (madre, padre, maestro, maestra) emplee la onomatopeya que le resulte más propia, sin atenerse necesariamente a la propuesta por el libro. Sin embargo, y hecho ese matiz que no es menor, a mi entender la traducción es mejorable en algún punto, y aunque solo sea por proteger a los mediadores pequeños, que también los hay (hermanos algo mayores, compañeros de colegio), entraré en detalles. Así, en algún caso se nota que se traduce (oing por oinc, brouuum por bruuum, un exceso de k por c o qu), no siempre hay coherencia ortográfica (glu-glú, con acento, justo después de cu-cu, sin acento) ni en el uso del guión (croac-croac justo después de uik uik; mua mua pero bua-bua), se traduce alguna imagen con texto (pañuelos) pero otras no (épina[rds], police) y quedó sin traducir la contracubierta (crôa por el croac del interior).

Despistes aparte, cabe contraargumentar que las onomatopeyas carecen casi siempre de forma normativa, que se ha optado en general por versiones claras, reconocibles y propias y que, sumando pros y contras y en comparación con el nivel habitual, este libro sigue figurando entre los meritorios de su clase.